Tener una cuenta bancaria no es sinónimo de estar bancarizado en el sentido real del término. Para millones de usuarios en México y América Latina, la relación con su banco se reduce a recibir su nómina y retirar efectivo. El síntoma más claro de esta brecha es la “paradoja del efectivo”: personas que reciben su pago mediante transferencia digital, pero acuden al cajero el mismo día para vaciar su cuenta. La cuenta funciona como un simple tubo de tránsito, mientras necesidades como crédito, ahorro, inversión o pagos digitales quedan sin resolver o se atienden fuera del sistema formal.
El problema no es solo de acceso: es de pertinencia
Durante décadas, la discusión sobre inclusión financiera se percibió como una acción de distribución y alcance geográfico, como abrir sucursales en diferentes ciudades o llevar cajeros a más comunidades. Hoy, con la expansión de la telefonía móvil y los servicios digitales, ese argumento ha perdido peso. El verdadero problema es otro: los productos que existen no fueron diseñados para la mayoría de los usuarios.
Los tres factores que siguen alejando a los usuarios son:
- Evaluación de riesgo obsoleta: los modelos tradicionales pueden excluir a personas sin historial crediticio formal, sin considerar otros indicadores de su capacidad de pago.
- Estructuras de costos: comisiones por saldo mínimo o manejo de cuenta pueden representar una barrera para quienes tienen ingresos variables.
- Fricción operativa: procesos presenciales, papeleo y horarios de atención poco flexibles dificultan el acceso para trabajadores e independientes.
El sistema fue construido para perfiles que representan una fracción de la población real. Un trabajador informal, una pequeña empresa o un usuario joven difícilmente encuentran en la oferta bancaria tradicional productos pensados para su realidad.
Lo que los usuarios sí están buscando
El crecimiento de las billeteras digitales, las plataformas de pago entre personas y los neobancos no es un fenómeno de moda tecnológica: es la respuesta a necesidades concretas que la banca tradicional no ha atendido. La propia ENIF 2024 muestra este cambio: entre 2021 y 2024, el uso de aplicaciones de celular para consultar o hacer movimientos en cuentas pasó de 54.3 % a 69.1 % entre quienes tienen una cuenta de ahorro formal. Los usuarios buscan procesos simples –abrir una cuenta sin papeleo ni traslados–, productos relevantes para su realidad económica y la certeza de que su dinero está disponible cuando lo necesitan. Nada extraordinario. Todo, sin embargo, difícil de encontrar en la oferta tradicional.
Dónde está la oportunidad
La brecha no es un problema sin solución: es el espacio donde operan las instituciones financieras de nueva generación. El cambio más significativo no ha venido de los bancos tradicionales adaptando sus productos, sino de nuevos actores que construyeron desde cero con una lógica distinta: primero el usuario, luego la infraestructura.
Detrás de cada fintech o neobanco que logra atender a usuarios que la banca tradicional ignoró, hay una infraestructura flexible que lo hace posible. AurumCore opera en ese espacio: permite a las organizaciones integrar servicios financieros (BaaS) y lanzar productos a la medida mediante arquitecturas modulares. Así, las empresas no tienen que gastar años ni millones en construir un core bancario desde cero; pueden enfocarse en entender a su usuario mientras AurumCore resuelve la complejidad tecnológica. Por ejemplo, esta infraestructura permite combinar módulos de cuentas, pagos o crédito para crear productos financieros específicos, sin tener que construir cada componente desde cero.
La inclusión financiera real no ocurre cuando una persona abre una cuenta. Ocurre cuando esa cuenta le resulta útil y expande los alcances de lo que el usuario puede lograr con ella. El camino hacia una inclusión financiera real empieza por preguntarse: ¿qué necesita realmente tu usuario y qué tan cerca está tu producto de dárselo? Cerrar esa brecha requiere productos diseñados para las personas y una infraestructura capaz de hacerlos realidad.